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20110114

Los Golpes

La encía destrozada, maje. Ningún diente se me fue, eso sí. Pero estoy sangrando como Cristo, cerote. Cuando no es de joda el problema y nunca te han visto los cabrones, se te van directo a la cara, no perdonan ni piensan en la cuenta que te va a salir en el dentista ni la puteada de mil maravillas que te van a dar tus tatas por andar de bayunco. Tienen razón, porque sos vos el pendejo que se va a meter en esos desplantes y te dejan con ese pijo de calazos, como que sos trompo.

Después del aluvión de cerotazos, solo pensás en un paraíso de puras Panadol, un baño completo de alcohol noventa, kilómetros de gasa, yeso, morfina, anestesia, camilla, enfermero. Claro, uno ni monedas tiene para el teléfono público o para una bolsita de agua helada que le calme el dolor de encías. Maje, si ahorita estoy completamente lavado porque me hueviaron hasta el carné de la universidad y me quebraron el celular por puro joder. Es que son mierderos. Todo por andar de machito vergón, me miraron mal y yo no me podía quedar con la trompa cerrada, tenías que llevármela de chistosito y preguntarles que si se les había perdido alguien como yo. Se encendieron rapídisimo, loco, como que hubiera matado a la nana me empezarón a golpear, y yo que ni con mis cheros me he dado verga y de gimnasios solo nombres me puedo, por supuesto que me agarraron a reventarme todo.

Yo solo quiero llegar a la casa. Pero tengo que esperarme unas dos horas antes de empezar a caminar porque, aparte de que me duelen las patas, tengo que llegar cuando mis tatas estén dormidos y ver cómo disimulo un poco las cicatrices. Solo quiero una maldita pastilla, de cualquier cosa, aunque sea venadril quiero, algo que me quite el dolor de mierda que ando.

El plan está así: llego a la casa y me quedo doblado en la cama hasta que se vayan mis tatas en la mañana, ya para cuando sean como las nueve y media, que es cuando regreso de clases, les voy a llamar de algún público diciéndoles que me acaban de asaltar como cuatro cerotes, a ver si me sale la paja. Yo, por el momento, solo tengo que quedarme tranquilito aquí en la acera sin hacer otro desvergue.

20110113

Lejos del Mar

Todo salió mal. Y no es culpa de nadie, simplemente Dios se la trae desde hace ratos con nosotros. Ayer, por ejemplo, quería salir con Ana por la tarde por café y cigarros. Nada complicado, solo verla y hablar con ella: sus malditos ojos perdidos e incrustados en esa piel tan suya que existe solo para demostrarme que la vida es tan sencilla como preciosa. Solo eso. Solo sus ojos y su piel, un café y cuatro cigarros, nada más... Pero no era de eso lo que quería hablar, era del plan del fin de semana, que también tiene que ver con Ana, pero esta vez no tuvo la culpa ella como ayer. Que sin darle tantas vueltas al asunto, lo de ayer sí fue culpa de ella, no me contestó ni una de las doce llamadas al celular y me tuve que quedar en el sofá de mi cuarto leyendo a Steig Larson y su descripción infinita del ordenador. Todo porque desde el fin de semana está enojada conmigo y piensa que fue mía la culpa de que el plan no saliera.

Ana sabe que no es mi culpa. El mar estaba cerca cuando nos quedamos varados. Y, claro, sin dinero, sin llanta de repuesto, sin licencia y sin saldo, no se puede hacer nada en una carretera. Nos faltaba media hora de viaje cuando pasó. De pronto, toda la realidad nos cayó de golpe en nuestros hombros y el sol y la distancia y la irresponsabilidad y el claxon de los carros, terminó por jodernos todo el fin de semana. Claro, para el domingo ya era demasiado tarde: el carro es de mi mamá, sin contar con el lunes empieza de nuevo la universidad y no podríamos quedarnos a dormir como lo habíamos planeado en un principio para el sábado.

Es deprimente. El sol sobre el asfalto. El ceño fruncido de Ana y sus quejas junto a tu impotencia. Sus manos frías. Sus ojos incrustados en la piel y los dos preservativos burlándose dentro del cenicero del auto.

20101019

Seguir

Corro. Corro y hace calor. Qué calor que hace. Parece el infierno, parece Comala, parece San Pedro Sula. Corro. Sin detenerme. Detenerse es para maricas y para taxistas. Sigo. Atrás dejé a mis amigos, si no corrieron como yo la policía los va a atrapar. La policía no me va a atrapar. Nunca. Corro y hace un calor de mierda. El sol está bravo conmigo, se desquita con mi cuerpo. La policía debe estar lejos, pero debo seguir corriendo. La policía debe tener a todos mis amigos. Todos irán presos. Por mi culpa. Soy yo el culpable. Corro. Tropiezo y caigo. Maldita gravedad, maldito Newton, me cuesta levantarme y el calor está matándome. Apuesto a que todos están maldiciéndome, todos están en mi contra. Por eso tengo que seguir corriendo. A ellos los dejarán libres, no hicieron nada malo. Soy yo el culpable. La gente no se aparta. Corro y la gente no se aparta. Son unas vacas, son bultos. Empujo a quién puedo, tiro a un lado a quien puedo. Escupo. Corro. No aguanto. Voy a morir. Estoy seguro de que voy a morir. Hoy. Ahora. Corro. Si me detengo iré preso. La mochila me pesa, pero no la dejaré. Prefiero morir de cansancio a ir preso o a dejar la mochila. Es mía. Yo soy su dueño. El sudor en mis ojos. El sudor en todas partes. Detesto a todos. Apártense vacas, gente sin nombre, con sus pies sembrados, enraizado. Voy corriendo, los mataré si no se apartan. Corro. Me detengo. Cierro los ojos y espero. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Nadie está atrás mío. Nadie me sigue. Debo continuar. Debo seguir corriendo. Debo huir.

20090606

Metámonos

Yo creo que voy a morir aquí. La mara es virga o viviana: llamarle concierto a esta mierda, este es un "toque", ni más ni menos. Desde que llegué, no he dejado de respirar humo de cigarro (digo cigarro a secas, porque no todo es tabaco); la mara se ve agresiva, pero han de ser solo trompa; el lugar está vergón, al menos la cerveza está barata y también hay soda para aquella que no toma; el sonido está obviamente a más de los decibelios que se pueden soportar, pero los grupos no están mal, bueno, están como me los esperaba: solo gritan y gritan y, de vez en cuando, dicen que van a destruir el sistema; ya empezaron con el "mosh", yo ya dije que no me voy de aquí sin zamparme a esa babosada.

Va, ya pasaron tres grupos, el segundo fue el mejor, por lo menos estaba "bailable", no como el que acaba de pasar que solo ruido era. Ahorita tiene que salir, ya estoy cansado y ni siquiera ha empezado. Qué me duele el pie, y este Atilio cerote ya me lo patió. Tengo que cuidar a la Gab, no vaya a ser que solo salga en pedacitos, aunque esta mara muy heavy muy heavy, pero respetan a las cheras, no las andan golpeando ni por joder ni las tocan, qué me arden los ojos. Bueno, vale verga, a saber a qué hora van a empezar a tocar esos culeros.

Solo voy a empujar a Aitilio y me zampo. La canción es la más vergona, una por las que venía, el "mosh" está con todo, es ahora o nunca: la mara baila como que es pollo, como que tuvieran paludismo y están intentando hacer que llueva, los pies se levantan, uno a uno, de forma pendular, las manos solo tiran golpes al azar, no se fijan a quién le están soltando el vergazo, están con los ojos cerrados, dan vueltas, dan vueltas, dan más vueltas. Cuando entro, veo como dieciseismil "punks" bailando, estoy mareado, eso debe multiplicarlos, yo solo trato de imitarlos; veo como se pierde la Gabriela entre todos esos torsos desnudos y sudorosos, después de la primera canción ya no aguanto seguir levantando las piernas; solo corro, yo digo que corro, pero más bien me lanzan de un extremo a otro; quién es ese mastodonte, me vale verga, yo lo voy a empujar con todo; juelagranputa, me hizo rebotar; mejor con ese rubiecito; ja, yo sabía que solo era plante; un maje está en el suelo, la raza lo recoge; qué buena está esa chera, aunque a saber si la vi bien; sigo dando vueltas, ha puesto luces como que es disco el lugar, no dista mucho de serlo; yo creo que nunca voy a volver a ver a la Gabriela, ni a Atilio; ah, no, ahí está Atilio; lo agarró el mastodonte con todo; quién me está empujando, puta, son todos; dónde putas estoy...

Hace frío. Los tres estamos deshidratados. Parece que estuvimos en el desierto por días y solo fueron tres horas en una disoteca de la Zona Rosa. Atilio tiene dinero. Nos invitará al Subway.

20090217

Recorrido

Las luces parpadeaban como luciérnagas desesperadas entre la multitud. Un multitud se movía con ritmo pendular, sin prestar atención a la música que, a más de ciento veinte decibeles, sumergía a las personas en un éxtasis descontrolado mientras bailaban o pedían tragos que se deslizaban sobre la barra húmeda, que servía de apoyo a las parejas más encandiladas. Alrededor de unas quince mesas circundaban la pista de baile: eran pequeñísimas y hexagonales; a la par de cada una, tres o cuatro sillas sostenían las carteras y abrigos de las personas que se “lucían” danzando. Solo una silla cumplía a plenitud su función primaria: la doceava, contándolas de derecha a izquierda y yendo hacia arriba.


Luis llevaba sentado poco más de media hora ahí. Lic exhausto como el resto, pero su lucidez superaba, con creces, la embriaguez de las demás personas. A más de cinco metros, a la orilla de la pista, una chica bailaba con ímpetu, mientras sostenía lo que parecía ser, una barra fluorescente de color verde.


Era alta y delgada. Su cabello bajaba hasta su espalda bañando su dorso desnudo y albino. Sus ojos parecían interrogar a quien los miraba con un cielo infinito; la boca se dibujaba con trazos finos formando una sonrisa de tendencia un tanto anglosajona. Luis, apoyado en la palma de su mano, seguía cada movimiento de la chica: sus pies se alejaban por momentos del suelo, y sus manos subían y caían estrepitosamente, al tiempo que su cabeza formaba una parábola en el aire. Luis se hallaba absorto en aquel cuerpo que se meneaba como pequeños trapos atados entre sí.


De pronto, la muchacha sintió la mirada de Luis clavada, como un pequeño alfiler, en la nuca. Los ojos se hablaron. Las luces tradujeron el momento en cámara lenta, los apenas siete segundos duraron toda la noche: en 39,200 fotogramas. Mientras la chica bailaba, Luis despedía el humo del cigarro por las fosas nasales.


Después del momento eterno, Luis apartó la mirada de golpe. Miró hacia la izquierda, luego al centro y a la izquierda nuevamente; tamborileo con sus dedos sobre la mesa, al compás del bajo que golpeaba en medio de sus costillas; el brillo de su mirada se apagó al ver el cardumen de personas que se revolcaban una con otra; el cigarro se aceleró, con su cabecita roja, hacia sus dedos y Luis lo inyectó contra el cenicero que se alzaba, inmundo, en el centro de la mesa. Dio un golpecito en sus rodillas y se levantó.


Camino en línea recta hacia el otro lado de la pista. O al menos pensó que podría lograrlo. La muchedumbre cerró el paso, un pseudo-rock empezó a sonar, mientras cada una de las personas alzaban sus brazos y saltaba dos veces por segundo; a la mitad del camino sintió como los codos magullaban su abdomen. Su cuerpo, reducido a un dentífrico, se contorsionaba a medida que las personas se pegaban a él, contagiándolo de sudor y bullicio. Justo en el momento que su respiración se precipitaba, en la recta final del recorrido, un gancho de carne atrapó su brazo, lo jaló hacia el centro de la pista, hacia aquella bruma negra de ojos azules. Era ella.


Luis, desprotegido, empezó a moverse. Bailaba al ritmo de la música, que había cambiado, repentinamente, a un merengue estrambótico con monosílabos por letra. La chica puso sus manos sobre los hombros del muchacho. Él agarró con firmeza su cadera y las personas en la periferia los acercaron. Ella era alta, pero los ojos de él quedaban sobre su frente. Las cabezas se acercaron. El preguntó su nombre, pero ella respondió amarrándose a su cuello. Las cabezas se acercaron más. Él besó con timidez su nariz y se perdió en esos ojos ebrios que rebozaban de mar profundo. Ella se abalanzó con un beso: descontrolado, firme, brutal. Los labios se movían sin dirección, las manos de Luis recorrían su cadera hasta llegar a su trasero, un sudor frío recorría sus sienes, ella seguía moviendo su cuerpo con la música mientras asomaba su lengua a la boca de Luis, él alejó su mano izquierda para acariciar su cabello, ella apretó su espalda para acercarlo más, las narices jugaban entre ellas, se separaron dos segundos y volvieron a besarse. Con más fuerza.


El merengue finalizó, un silencio reinó por milésimas de segundos, hasta que un tambor de samba rompió el encuentro entre los dos desconocidos.


Preguntó su nombre una vez más, la respuesta hizo una mueca encima de su rostro. Los dedos del joven acariciaron la piel de marfil que cubría sus brazos, miró fijamente sus labios y la soltó con delicadeza. Se separó de ella, la aglomeración se lo tragó de golpe. Ella no logró atraparlo por segunda vez. Luis se perdió entre el mar de piel que gritaba, al unísono, la canción de moda que estaba por finalizar.


***


Es una batalla. Lo juro. Las luces intermitentes nunca van al compás de la música, y las personas bailando, menos. Por eso no me gusta bailar. Por eso y porque hoy traje el carro. Detesto traer el carro, no puedo beber cuanto quiero. Mis amigos, claro, se la pasan en un vaivén de rondas, desde la barra hasta la pista. Pero yo: tres limonadas dobles y la botella con agua que me tomé en el camino.


Mario y Ricardo se perdieron con las rubias de falda, no creo que se vayan conmigo de regreso. A Martín todavía lo veo, pero creo que también se le olvidó que existo. Me quedé aquí. Me quedé en estas sillas de comodidad inversamente proporcional a su altura: me muevo un poco y se tambalean bailando al ritmo de la música. Saben bailar más que la gente de la pista.


La música es horrible y las mujeres que están cerca son aún peor. El lugar huele a tabaco impregnado en la ropa, y la humedad de las personas lubrica el movimiento de los meseros que pasan, indiferentes, ante las órdenes de cerveza y los besos prematuros. Al fondo, está la última mujer libre: bailando, sola, emborrachada de ritmos incongruentes y con la mirada perdida en el vacío. La miro. Las limonadas han pasado ya por las nefronas y mi vejiga empieza a sucumbir. Y la miro. Mis ojos quedan embelesados en esas piernas infinitas, que apenas logran moverse. Podría hablarle. Lo peor que puede pasar, es que me diga que no.


La vejiga todavía aguanta, pero empiezo a sentir una breve punzada: allí. Tengo que hablarle, se ve tan bien con esa blusa escotada y parece que espera a que alguien la acompañe. La aguja que me perfora crece, pero el baño está al otro lado de la pista y cruzar todo ese tumulto es una odisea quimérica, además la morena sigue bailando y no quiero perderla de vista. Tiene cara de tener nombre de país. Debe llamarse Grecia o algo por el estilo… ¡Me ha visto! A mí. Ha clavado su mirada justamente en mí. Del millón de personas que bailan, me ha mirado precisamente a mí. Sus ojos felinos atacaron, sin piedad, mi momento zen.


Grecia se mueve más, como invitándome a estar cerca de ella, cerca de sus piernas, de su espalda perfecta, de su sonrisa mordaz. Dos caminos se abren de repente: el baño, inmaculado, que espera mis desechos y Grecia, bailando esa pésima versión de aquella canción, de los setentas, que tanto me gustaba.


En mis piernas se abre un vacío inconmensurable; el líquido rebota debajo de mi abdomen, de un lado a otro; un hormigueo crece en mis pantorrillas; la urea amenaza con salir despavorida en medio de mis piernas. Grecia puede esperar.


Me levanto de golpe. Veo mi destino envuelto en piel humana que danza sin cesar. Me abro paso a fuerzas de golpes y codazos, y la gente se cierra cada vez más. Un tipo gordo me estampa contra la espalda de una señora que viste de rojo; hago tropezar a una joven, de no más de dieciséis años; el brazo de un borracho abanica mi cabeza; contengo la risa al ver a una pareja bailando en slow-motion; caen gotas desde arriba, no sé que son, pero prefiero no indagar; la vejiga está a punto de estallar; faltan dos metros, como mínimo, para llegar al precioso inodoro; la barrera de personas no puede detenerme; siento como una gota se aproxima a la salida y apresuro mi paso; falta un metro: dos tipos vestidos de amarillo, una rolliza bailarina que está a punto de vomitar, un mesero, dos chicas bailando entre sí; los atravesaré a todos. “Me vale verga”, musito suavemente. Doy el primer paso y una mano delicada me succiona hasta el centro: es Grecia.


La canción es un merengue agradable y veo como ella lo baila para mí. Yo apenas puedo moverme, pero sostengo su falda como si fuera una piedra gigante de oro macizo. Pregunto su nombre. Silencio. Ella abarca mi cuello y decido besarla cuanto antes. El deseo de micción no ha disminuido, pero tengo asuntos más importantes que resolver. Su lengua se mueve como una pequeña lombriz en la tierra, alejo mi ingle lo más que puedo, las ganas de orinar aumentan pero su boca es todo lo que poseo en esta vida. La amo como a un orgasmo.


Me separo de ella por un breve lapso y pregunto por segunda vez su nombre. Dice que se llama Ana.


Vuelve a unirme a su boca. Aprieta mis brazos con su mano izquierda y la derecha se encarga de mi trasero, soy una olla de presión lista a estallar.


Y ocurre: el obelisco entre mis piernas surge como el ave fénix, un saludo nazi fálico, el ácido úrico desiste de su brutal ataque y en mi pantalón las arrugas desaparecen. La vejiga, por supuesto, no acepta su derrota y apuñala mis piernas. La música cambia, repentinamente, y la gente empieza a cantar.


Ella está exhausta, yo estoy muerto. Ahora sé su nombre, puedo encontrarla nuevamente. Acaricio a la diosa por última vez y me dirijo hacia el váter: el recorrido no es dificultoso esta vez, la gente está concentrada cantando el coro de esa “pieza” de reggaetón. Paso en medio de ellas. El cuarto está vacío, el urinal espera como Penélope a Ulises.


Desabrocho mi pantalón con rapidez, mientras entra tambaleándose un tipo flaco con una camisa azul, sudada hasta los ojales. El hielo del urinal me reta silenciosamente, muevo la parte frontal del calzoncillo dejando salir, finalmente, el conducto, el falo. Aún hay resaca de la violencia con la que me atacó Ana. El ave fénix aún no ha muerto. El tipo sudado se para con las piernas abiertas a mi lado. Intento concentrarme en la expulsión, pero la resistencia es superior a mis, ya agotadas, fuerzas. Espero. Paciente, espero que todo cese. Pasan los segundos y siento un desmayo en mis muslos. Sigo esperando. Recuesto mi cabeza contra la pared, en un rótulo amarillo, que publicita espacios publicitarios. A mí lado solo escucho una voz timorata que lentamente me dice: “No puedo dejar de orinar. Por eso no me gusta chupar con cerveza.”

20090109

Niño A (Experimento) (Léase escuchando el CD)

El frío era insoportable. Afuera, las alfombras de nieve sobrepasaban, con creces, el nivel de las aceras y las pocas luces encendidas de la ciudad se perdían entre las constantes ventiscas que recorrían todas las calles. Ningún vehículo se movía de su lugar, las tiendas se encontraban cerradas y los únicos puestos que, desde hace tiempo, estaban funcionando, eran las licorerías. Las personas, adentro de sus casas, bebían sin excederse para mantener el calor necesario, sin que este se agotara de una vez por todas. Después de un tiempo, los digestivos para ingerir el vodka habían disminuido y las personas se conformaban con succionar, a duras penas, un limón. Todo estaba en su lugar adecuado: las calles vacía, los carros quietos, la ciudad en silencio y los ciudadanos compartiendo el calor que tanto necesitaban.

El niño se despertó con una canción de cuna que sonaba en una radio cercana. El silencio había sido la única compañía para él, su madre y las ratas de su casa, desde el mes anterior. La madre se sorprendió al escuchar esa canción tan familiar en el radio que ella creía descompuesto. Se trataba de la cortina de un noticiero radial, en el que se estaba anunciando los preparativos para la evacuación general. El silencio empezaba a disminuir, poco a poco, en toda la ciudad mientras "La antena nacional" se encargaba de convocar a todos los habitantes a una salida de emergencia, a los bunkers situados en las cordilleras más altas. La madre sacó una pequeña maleta y tomó al niño en sus brazos. Salió de la casa y vio el éxodo de personas abrigadas que se dirigían al oeste. Las horribles corrientes de viento penetraban en sus brazos y su cráneo, a la vez que se aferraba al pequeño cuerpecito que sostenía. Deseaba que, tan solo por un momento, su cuerpo dejara de sentir toda sensación humana y se limitara a seguir caminando entre la multitud. Deseaba salvar a su hijo. "Esta no soy, esto no está pasando", murmuraba intentando aliviar el frío. Sin darse cuenta, eso ya estaba sucediendo: el entumecimiento se extendía por todo su cuerpo hasta confundirse con su abrigo grueso, la piel humedecida iba perdiendo la sensibilidad de forma abrupta. De lo único que estaba segura, era de sus tres dedos en la mano izquierda que apretaban al niño.

La colina estaba cerca y debía obtener la mayor cantidad de fuerzas para sobrepasar al resto. Las cosas no serían tan amenas a medida se fuera acercando a la zona de bunkers. La multitud se aglomeraba más y el camino se tornaba más angosto. A diez metros, se encontraba una cerca de malla metálica con unas cuantas puertas adentro. La vorágine se desató y todos empezaron a luchar por su cuenta: los cuerpos chocaban unos con otros; los pequeños grupos que, hasta hace unos días, habían convivido en la confianza del alcohol, se arremolinaban para patearse en cuanto fuera posible. La madre vio como unos perdían el equilibrio, quedando soterrados en el cardumen de personas, y por más que quisiera ayudar a otros a levantarse, sabía que los peces gordos la devorarían si se detenía un momento; los diez metros se habían vuelto kilómetros y lo único sensato por hacer, era hacer su mejor intento para llevar a su hijo detrás de la malla. Intentar lo mejor que podía, eso debía bastar.

Un chorro de calor invadió su cabeza y logró llegar a la entrada. Unos hombres de abrigos blancos se encargaban de ordenar a la masa que intentaba pasar, al mismo tiempo, hacia la zona segura. La madre intentó hablar con uno de ellos, pero el ruido era insoportable y sus agotadas fuerzas no le permitían gritar lo suficiente. El hombre decidió tomar al niño en sus brazos y permitir su entrada; se fue hasta uno de los búnkers, alejándose para siempre de la madre. Revisó que ninguna extremidad estuviera desecha por los golpes de la multitud o el frío.

Adentro del búnker solo había mujeres y niños. El niño era el más joven de todos, además de ser el más saludable. Sin embargo lloraba a gritos. Toda la experiencia era demasiado para él y aún así, no había visto suficiente para la época que estaba por vivir.

Las oleadas de frío serían cada vez más frecuentes y la evacuación realizada solo confirmaban la edad próxima. Todos, dentro del campamento, tenían las de ganar; se les había permitido, de forma aleatoria, continuar viviendo todo el tiempo que sus cuerpos les permitieran. Venía la era del hielo, afirmaban algunos; los más escépticos debatían sobre las diversas posturas del cambio climático que enfrentaban, todos estaba enterados de los últimos sucesos, a excepción del niño. Él era muy joven para entender los cambios, para él nada había cambiado: desde que nació las cosas se habían mantenido de la misma forma, ahora lo único que le hacía falta era su madre. Ahora, solo quedaba esperar. A la mañana siguiente, alguna campana sonaría, anunciaría el nuevo día y una nueva era que estaba por venir. Sí, eso era lo único que quedaba por esperar: la primera campana matutina que anunciara el inicio del resto de su vida,: la del niño más joven dentro del búnker, el más sano, el que no sería cortado por la mitad para alimentar al resto, el niño "A", el primero de una nueva vida, el primero de todos los niños. El Niño A, quien escucharía la primera campana matutina, y esta sería el soundtrack de su nueva vida, de su próxima vida.

20081208

El Bache

Salió de la casa temprano. La fecha para la presentación de su tesis se había adelantado quince días, y como era de suponer, no estaba preparado para semejante reto académico. El desvelo era, según sus propias palabras, un placer que debía reservarse para los amigos y las amantes; no obstante, tuvo que cambiar su política y dejar de pernoctar, para dedicarse al trabajo de investigación que requería.

La noche anterior la pasó escribiendo las conclusiones del trabajo, revisando vídeos viejos para lograr vencer al sueño, hablando por teléfono y escuchando grupos viejos, viejísimos. Se despertó con un malestar estomacal que empezó, para ser exactos, dos días antes, pero que se había agravado hace cuatro horas. Todo su organismo estaba en un estado deplorable: sus manos temblorosas apenas conseguían aferrarse al volante, sus reflejos habían disminuido considerablemente, los pies se agolpaban, con inseguridad, en los pedales del coche y su cabeza palpitaba sin control. El tráfico era ligero y aprovechó la ocasión para omitir toda precaución vial en su transcurso a la universidad.

Faltaban unos minutos para la hora señalada, el trabajo estaba terminado y todo parecía estar en orden. Bordeó el redondel ufano y sonrió para sus adentros a causa de su iminente logro; aceleró en la autopista y, mientras la aguja del tablero llegaba a las cuatromil revoluciones, todo el automóvil se hundió en el agujero que debía sostener una de las tantas alcantarillas hurtadas en los últimos meses. El golpe lo sintió hasta en el timo, todo su páncreas se contrajo al ver como la superfie se movió durante una décima de segundo y desbalanceó el carro, llevándolo al carril contrario. Se apresuró a tomar el control del vehículo, giró hacia la izquierda con un tirón en el volante y desaceleró de forma drástica hasta hacer chirriar los neumáticos.

Cuando logró, por fin, estabilizar el automóvil, todo su cuerpo estaba envuelto en sudor, y sus manos no podían, por más que quisiera, responder a la orden de soltar el timón; pensó que todo había pasado, aceleró de nuevo con mesura, miró hacia afuera para comprobar que ninguna persona se había percatado del ridículo que acaba de realizar; mientras tanto, escuchaba como la llanta del lado del conductor se desinflaba, poco a poco, y el carro bajaba, de nuevo, en el nivel de la superficie, pero esta vez con más lentitud.

20081029

Cui

Yo sé que nunca fue fotogénica, pero esto era el colmo: lo ojos cerrados y la boca aturrada. Así no se puede. No era nada parecida a ella. En persona se veía muchísimo mejor. Su boca delgada dejaba ver, a veces, una sonrisa preciosa; sus dientes blancos como luna en cuarto creciente, sorprendían a todo el que la miraba; su cabeza era pequeña, y de ella brotaba una cascada de cabello negro que recorría su espalda perfecta; sus ojos adormecidos se separaban con delicadeza de su nariz minúscula; sus labios siempre estaban cubiertos de un labial farmacéutico con sabor a vainilla. Y el cuerpo no estaba nada mal: unos senos modestos sobresalían de su abdomen, unos hombros redondísimos se movían al compás de sus caderas, unas piernas largas y delicadas bajaban de sus vestidos y unas manos se movían descontroladas cada vez que hablaba. Pero la foto: parecía sacada de la Gran Depresión, o tomada con propósitos de lástima para la UNICEF. Así no se puede, muy bonita puede ser, pero no tiene futuro si sigue con esas sus fotos.

20081012

El Hospital (Jesús de Miguel Ángel)

Al principio no entendés qué sucede: una camilla oxidada, un catéter torcido, un dolor en el cuello, el cielo falso destrozado, las paredes enmohecidas, el piso húmedo, un extraño olor a penicilina, y una puerta ocre adornando la entrada de la habitación. Todo te duele. Cada maniobra que intentás hacer, provoca un chasquido estruendoso. Movés, con dificultad, el cuello y empezás a revisar todo con calma. Pensás en el día anterior y comenzás a intuir que ha pasado más tiempo desde el accidente. Los recuerdos se te van, no sabés qué pasó con la otra mara. Por lo menos, estás seguro que a la Lucía no le pasó nada, vos te encargaste de ir a dejarla antes que a nadie; estabas encabronado, solo porque te dijo que andabas muy a verga. No podés negar que tenía razón…

Intentás adivinar a cuál hospital has venido a parar. En la pared hay unos cuadros de anatomía, en la esquina tienen grabado el logo de la institución, pero vos no ves nada desde allí; o al menos no ves nada claro. Lo único que distinguís a la perfección es un crucifijo de cerámica. Es grandísimo y está justo en la pared frontal.

La cruz que sostiene el cuerpo es de una simétrica; el letrero, situado en la parte superior, contiene una caligrafía hermosa. Abajo de la inscripción, la cabeza de la víctima se sostiene inclinada, con los ojos y la boca apuntando contra el suelo. Su cabello es lacio y cubre con delicadeza sus hombros. El vello de la cara, recortado con precisión, forma un candado sobre el rostro. Sus brazos extendidos son largos; sus manos se adhieren, sin resistencia, a la cruz, a través de unos clavos. Al centro, el abdomen no sufre de ninguna herida visible; sus pequeños pezones están colocados en perfecto equilibrio con su redondísimo ombligo. Sus piernas se aprietan contra los diminutos genitales, con notoria feminidad. La piel bronceada, y de cerámica, destella puntos por todo su cuerpo.

Mientras te fijás en cada detalle del andrógino ser crucificado, se abre lentamente la puerta ocre. Un anciano se queda mirando hacia tu lugar, y después de unos segundos de reflexión, se retira dejándote solo, otra vez. No tuviste tiempo de preguntarle nada, estabas viendo al Jesucristo. Cerrás los ojos y te preguntás por la mara, de nuevo. El tráfico se escucha desde la habitación como un murmullo lejano; las lámparas, ennegrecidas, se empiezan a encender, una a una, sobre vos; sentís como la luz ha invadido la habitación, a pesar de tener los ojos cerrados y mientras suenan las gotas que caen desde el catéter, volvés a quedarte dormido.

20080621

Una copa y dos mujeres

Cuando María José vino a la casa no se me ocurrió nada. Suelo aprovechar las oportunidades que se me presentan y nunca planeo las situaciones como lo hacen mis amigos; pero esta vez fue diferente, nunca pensé que viniera a la hora que Pamela estaba aquí.

Vino sin avisarme. Esas cosas no se pueden permitir. A ella no le gustaría que yo llegara, sin avisar, a la hora de la cena. Seguro que me sale con que está cansada y que no está de humor para hacerlo. Tampoco voy a decir que no tenía ganas: después de la decepción que acababa de tener con Pamela, cualquiera desea desquitarse. Revolcarme con “Addicted to Vaginal Skin” de fondo musical, sudando en el piso, desnudo con la ira por dentro, jodiendo con fuerzas hasta lastimarla.

No sólo soy yo, cualquiera se lo imagina cuando ve a María José en esos pantalones ajustados, su pelo desmembrado y esa mirada infinitamente sexual que siempre anda colgada. Pero no podía hacer nada, Pamela atrás vistiéndose con el televisor encendido, y la diosa en frente de mi puerta intentando pasar adentro.

Llegó con la excusa de pedirme prestada la copa que uso siempre para servir los postres. Le dije que la estaba ocupando y no mentía. Minutos antes había servido Sauvignon en ella, y segundos antes Pamela acababa de sorber el último trago de un pésimo vino de supermercado. Me dijo que no importaba, pero que a cambio le prestara unas películas porque estaba sola (lo último fue a propósito, estoy seguro). Y con esa manera tan peculiar de pedir favores obligados, entró. Sin que le diera permiso, entró al apartamento en el que Pamela no perdió su virginidad, por ser una niña estúpida a la que amo de un modo muy extraño.

Recogió su cabello con una cola rosada, y se agachó a revisar los DVD’s, mientras me explicaba para que quería la copa. No escuché más que un balbuceo idiota y crucé la puerta del dormitorio. Pamela se ponía el sostenedor entre sollozos y lágrimas. Le dije que lo sentía, pero que debía irse de la casa inmediatamente, porque aún estaba enojado. Tomé la copa de la mesa de noche, la llevé hasta el lavadero y la enjuagué lo más rápido que pude. Se la di a María José, pero hizo un gesto de sarcasmo que no entendí del todo, me dijo que igual se iba a llevar las películas, mientras apartaba “Garden State” y “300” a su derecha. Regresé al dormitorio y Pamela estaba a punto de abrocharse el pantalón, María José hacía ruido en la sala.

Fui a una vez más a la sala. A la lista se habían añadido dos películas más, que no logré distinguir. Pregunté con tono seco qué era lo que buscaba, y me dijo que quería ver las películas conmigo, me acerqué un poco más para comprobar mis sospechas y me golpeó con un beso húmedo y tembloroso: supongo que era yo el que temblaba. Me despegué rápidamente y le dije que hoy no podía, mientras unos pasos firmes daban a luz el silencio más largo que puede haber en tres segundos.

Pamela bajo las escaleras y clavo sus tiernos ojos en la visita. Saludo con indiferencia a María José mientras se restregaba los párpados. No se molestó. Se acercó a la puerta y me apresuré a detenerla. Nuestras miradas hablaron por los dos, le dije que la amaba en voz baja para que María José no pudiera oírlo, ella dijo que lo sentía y cerró la puerta detrás de sí. Los pasos se alejaron. Quedé a solas con la diosa en la sala. La torre de DVD’s había aumentado a siete, la copa estaba tirada en la alfombra, en el fondo algún vecino escuchaba Necrophagist, y María José preguntaba si acaso tenía planes en la tarde.

20080620

El otro idioma

El calor de las cuatro de la tarde hace que su frente resplandezca en la soledad de la habitación. La palma de su mano pasa resbalándose por sus sienes mientras recoge el sudor muerto de su piel. Un suspiro rompe el silencio, la mirada fija a sus propios ojos dentro del espejo, y la mano derecha que vuelve a secar su rostro antes de tomar la última bocanada de un cigarrillo húmedo y desnutrido.

Primero debe desvestirse: quita lentamente la camisa celeste de botones y la coloca en el pequeño banco rojo que está a su lado; con la misma calma, se despoja de su pantalón azul y sus zapatos de vestir color vino. Ninguna de estas prendas le va, por eso disfruta la lentitud del procedimiento hacia la desnudez. El espejo se alegra con cada prenda puesta en el banquito.

Observa la silueta trazada por la sombra en la pared izquierda y una sonrisa se dibuja en sus ojos. Está completamente desnuda, ahora empieza la metamorfosis. Unas medias negras acarician el recorrido de sus muslos hasta llegar a la ingle, justo a la par de sus testículos. El ceñidor apretado al cien por ciento casi obstruye su respiración, pero hace que su cuerpo luzca más delgado, así que vale la pena; las bragas son aún más ajustadas, es cierto que su pene es pequeño, pero eso no basta, debe inexistir; la minúscula falda empieza a subir por sus piernas, ajusta el broche y vuelve a verse en el espejo. Este es el punto medio, desliza sus dedos por el borde del corsé hasta llegar a las caderas envueltas por una falda de cuero. Ha dejado de ser, pero aún no se ha transformado. Sigue con los zapatos, unas largas zancas doradas amarradas a las pantorrillas, combinan con el bolso que después llevará colgado en sus hombros. La blusa es escotada, pero no deja ver el ceñidor que limita sus proporciones.

Ha terminado con la ropa. Es un ser andrógino que disfruta la brisa de las cinco menos cuarto; aclara su voz con un esputo demasiado masculino, saca un cigarrillo con su índice y su pulgar, y pone el resto de la cajetilla en la cartera; no enciende aún el cigarro.

El lápiz labial es bastante oscuro y no le gusta, pero su piel es de madera quemada y debe enfatizar sus labios. Tiene suerte de que sus pestañas sean largas, un poco de rímel basta para lucir sus ojos grandes llenos de delicadeza. No puede hacer nada con las uñas, al siguiente día deben estar iguales y es muy trabajoso estar removiendo el esmalte en las madrugadas. Sus mejillas en cambio deben soportar capas bastas de maquillaje, al igual que sus parpados y su nariz.

Desliza un collar por su cuello: es largo y grueso y combina con sus zapatos. De su cartera saca suficientes pulseras para cubrir medio antebrazo, las distribuye en dos mitades y adorna cinco de sus dedos con siete anillos. Guarda el rímel, la base, el rubor, las sombras, el lápiz labial ocre, y un delineador; todo en la cartera dorada, junto a tres preservativos, dos espejos, un monedero con 37 dólares, un reloj de hombre, la cajetilla de cigarros y un celular plateado.

Únicamente falta la cabellera, aprieta contra su cráneo una peluca de cabello negro y liso, no le queda bien ser rubia, y con el negro resalta el color lila de su blusa. Se aleja setenta y tres centímetros del espejo y suspira de alegría al ver a Samanta al otro lado del cristal. Toma el cigarrillo y una cajetilla de fósforos del buró, enciende con aires de triunfo y satisfacción el tabaco. Cuelga el bolso en su hombro izquierdo mientras se dirige hacia la puerta de calle. Afuera, una mujer recia deja en su casa taciturna, la ropa de un hombre que no conoce.

20080402

El Efecto Doppler


No te parece asombroso que tengamos los ojos al frente de la cabeza, es decir, bien podrían estar a los costados, o arriba, inclusive podríamos tenerlos en las rodillas y de ser así jamás se hubieran inventado los pantalones largos. Pero los tenemos al frente, para saber hacia donde caminamos, para saber lo que comemos antes de probarlo, para esquivar cualquier golpe, para hablar de frente y que se escuche nuestra voz. Y no es azar: La naturaleza sólo dice que debemos de tener ojos, pero cuántos años de evolución habrán pasado hasta que empezamos a tenerlos al frente para que fueran útiles.


Pero no todo es alegría, no todo es un pastel de chocolate decorado con almendras y un café caliente en frente del televisor. Al menos no para mí. Llevo escuchando pequeñas voces en mi oído desde hace varias semanas, mejor dicho en mi oreja, porque no son voces internas que me dicen cómo actuar, qué daría porque así fuera. Son voces externas, diminutas, nobles, frágiles; pronuncian incoherencias. Parecen ser tres, aunque de vez en cuando, se escucha a un cuarto opinante gemir, o dar un suspiro. Escucho su vida como una radionovela, surrealista, incoherente, infantil. Pero no puedo saber si de verdad están allí, no puedo preguntarles nada, no contestan mis preguntas; y como los años de evolución no nos dotaron del beneficio de observar mis propias orejas, todo parece perdido.


“Un espejo”, gritará el lector más astuto, que pretenda insultar mi sabiduría; pero, y si se esconden cuando voy al espejo, y si son invisibles, y si mueren con su reflejo. Además no tengo mas que un sofá, un escritorio, una cama y una estufa fría y oxidada.

El Desayuno

“Dale cuatro revueltas a la señora, Evelyn…Y dos de ayote al señor de gorra que está allá…”. La vorágine se llama La Tiendona y ese punto pequeño que parece un niño abandonado soy yo. Estoy sumergido entre un mar de personas intentando pedir pupusas, sin pensar que, cuando finalmente lleguen, no voy a poder comerlas. Al lado está mi mamá, me dijo que viniéramos al mercado y como aún estaba en el limbo del sueño cuando me preguntó, le dije que sí.

Al bajar del carro sentimos como si un rayo de olor a mariscos golpeara nuestras narices. El mercado estaba dormido, sólo unas pocas personas recordaban que estaban trabajando. La mayoría ya se iba, su turno había acabado a las 6:00 a.m. y el sol se encontraba silencioso y humilde a las 7:30 a.m. cuando llegamos. Primero hicimos las compras, paseamos por todo el mercado que se mostraba majestuoso entre sus verduras, pantalones y pescados. “Le tengo de la grande” nos decía una anciana de pelo ceniciento y unas largas uñas como sus dedos. Yo no entendí muy bien, tenía de la grande pero no nos dijo qué, y para colmo tenía la canasta cerrada; yo no soy tan intrépido como para aventurarme a decirle “Bueno, déme de la grande…”. A la media hora ya habíamos comprado lo necesario, habíamos recorrido el 20% de La Tiendona, y era suficiente para quitarme el apetito, lo juro.

Las cabezas de pescado las soporto, pero ver como despellejan garrobos es de para quitarle las ganas de cualquier cosa a uno. Pasamos por tantos palacios de olores. Primero las cebollas que se confundían entre los ajos; después el carao que parecía yuca, pero hay de vos si lo confundís porque la regás. Los chiles podridos, los mangos agrios, la jícama desnutrida, el pollo mosqueado, los intentos de plátanos y la “goma” de ese viejo que me estaba ofreciendo pilas triples A.

La Evelyn ya se tardó con la señora de la bolsa verde, ojala que se acuerde de mis tres revueltas y la piña tropical. Mi mamá está haciendo cuentas y parece inmutada con el ir y venir de los mecapaleros que golpean la espalda de uno y le tosen en el cuello. “Evelyn, apurate niña… No ves que ya ratos te pidieron las pupusas esa gente…”. La veo venir hacia nosotros con el plato en la mano izquierda y en la derecha una botella. Hace ratos que oigo un niño que llora a lo lejos. Está parada junto a mí, y me repite la orden que hicimos media hora atrás. Pone sistemáticamente unas páginas de plástico sobre los platos viejos, de su delantal saca la cuchara que usaremos para el curtido, sobre la mesa desliza suavemente el papel en el que anotó la orden y que ahora servirá de cuenta. No dejo de pensar en los garrobos despellejados que vomitaban sangre, en el olor a plumas de gallina que sentí al llegar aquí. No puedo evitar oír al niño que llora a lo lejos, o dejar de sudar cada vez que pasa un mecapalero pensando que yo seré su próxima víctima en el estornudo violento que se acerca. Me concentro en la comida, y busco la salsa que enfriará mis pupusas, mientras tanto la Evelyn me dice que no tenían de arroz pero que las de maíz saben igual de ricas…

Taxi (AA 43 786)

"Maestro, en cuánto me lleva de aquí a Metro", le digo apresuradamente y el empieza a sacar cuentas con sus dedos gordos y fofos. Lleva la camisa arremangada y un pantalon beige, el sudor de su mostacho le incomoda y lame con naturalidad bestial la comisura de sus labios. Aún no deja de hacer cuentas y golpea los demás dedos con su pulgar. Es chato y rechoncho, su barriga hepática amenaza con tirar el boton del pantalon en cualquier momento, su pecho selvático se deja ver como un monumento a la virilidad. El brillo de la luna se confunde con el de sus ojos marchitos y tristes, el negro de la noche iguala su color de piel... "De aquí a Metro te salen seis dólares" dice con voz ronca y frágil. "No joda" le contesto "ni que fuera limusina esta mierda."

El Suicidio de Calac

Hablando en términos simples, no había nada que él pudiera hacer: ella amaba a Bartolomé con todas las fuerzas que le proporcionaba su pequeño cuerpecito; y éste por su parte le daba la felicidad necesaria para que Doris se mantuviera a su lado. Se habían conocido hace dos meses, en una biblioteca llena de ruido que los molestaba y hacía enfadar, sin poder reclamar siquiera por ese bullicio extraño que se producía de conversaciones sin sentido y de risas tan esporádicas como hipócritas.

A pesar que a los pocos días ellos dos se acostumbraron al desorden y a la multitud que recorría a diario el presunto “santuario del saber” (aunque muy pocos saben allí y de santuario, no tiene ni un ladrillo), Calac no podía vivir un momento tranquilo consigo mismo: durante el día aludes de niños extraños y soberbios; y durante la noche… Ah que cosas no hacían Doris y Bartolomé durante esas noches solitarias y frescas donde dejaban que el instinto se apoderara de ellos mientras que la oscuridad los protegía de las miradas humanas, y era entonces cuando Calac sufría mas, porque él si los veía. Quería salir de allí, alejarse de los dos para siempre, abandonar todo y no volver nunca más a ese horrible lugar; pero era absurdo querer huir, paredes invisibles lo detenían, estaban más allá de su alcance, lo único que podía hacer en esos momentos era llorar; e inclusive eso era inútil pues no lograba nada, sus lágrimas ni siquiera se veían, sus sollozos no se escuchaban, y su tristeza nadie la entendía.

Hablando en términos simples, no había nada que él pudiera hacer; salvo confesar su amor por Doris. Y así lo hizo. Allí en frente de Bartolomé, entre esas cuatro paredes de cristal, allí donde el oído mortal de un simple humano no alcanza a escuchar, en medio de todo ese liquido viscoso que alguna vez fue agua: allí confesó su amor por aquella pececilla, que durante días le había roto en mil pedazos su acuático corazón…

Durante días Doris se sintió aturdida, sin saber que hacer o hacia adonde nadar, sus pequeñísimos ojos no sabían a quien mirar: si a Bartolomé o a Calac. Ese vaivén de emociones la agotaba, y fue lo que probablemente la llevó a su trágico destino. Un lunes gris, encontraron el cuerpo inerte de un(a) pececito(a) plateado(a) flotando en aquel diminuto océano. Calac la vio por última vez en la esquina de esa pecera deteriorada años, oculta en aquella biblioteca estudiantil, donde ninguna persona guardaría luto por el amor de su vida. Es por eso que ahora Calac, mueve sus aletas en lo mas alto de aquel acuario, intentando saltar hacia la superficie para acabar con su vida; pero las leyes naturales de la gravedad son inescrutables y se ríen de su sufrimiento; cada salto, cada intento, es irremediablemente fallido a causa de su peso el cual lo hace volver al agua. Pero debemos recordar que inclusive lo peces necesitan comer y es allí cuando nadie lo observa, y mientras los demás peces devoran esas hojuelas llenas de colores y formas vivas; él se queda inmóvil muriendo lentamente, como cualquier pez que en este basto mundo muere de dolor…