Cuando llegué, parecía que acababan de matar a Franco o que se había caído el muro de Berlín, por lo menos. Dicen que la gente estaba encendidísima desde como las diez de la mañana y, alrededor del estadio (el “Cusca”, por supuesto), los vendedores no habían parado de gritar preguntando si alguien quería carnitas, tortas, elotes locos al dos por uno, camisitas del Ché, binchas de Funes, pañoletas de Shchafik, encendedores del partido o cualquier objeto de dudosa manufactura ingeniada por aquellos comerciantes. Yo debía pasar a la casa de la Rina, ahí estaba José con seis entradas para la zona de la grama desde hace una hora y, como nos habían dicho que llegáramos temprano, estaban algo impacientes por mi habitual retraso; por suerte, la casa estaba a una cuadra del estadio y José pudo parquear el carro de su mamá en la cochera, de lo contrario, no hubiera quedado ni la palanca de cambios entre todo el cardumen de gente.
Salimos de la casa como a eso de las tres de la tarde. Parecía que el sol no se iba a ir nunca de esa parte de la ciudad, todos los gritos de los vendedores se interrumpían entre sí y no se entendía quién vendía qué, o si te estaban vendiendo algo y no puteando. “Es en la entrada de platea, me dijeron”, logré escuchar que decía José, pero ni la Rina, ni él, ni yo sabíamos dónde quedaba. Nos metimos al parqueo a preguntar, un oficial nos respondió que íbamos por buen camino y nos indicó que teníamos que meternos a la vorágine que estaba a cien metros de nosotros para poder acceder a la cancha. No fue tan díficil como se veía: tras algunas gradas, dos codazos, gritos y gritos de personas y unos cuántos estornudos en el cuello, estábamos adentro.
La última vez que había estado en un estadio fue para un concierto, una amiga me invitó a ver a Alejandro Sanz y no pude decirle que no. Claro, esta vez era diferente porque estábamos en la cancha, hacia arriba se lograba observar una masa aleatoria de color rojo, abajo se podían distinguir más colores, aunque, de forma invariable, todos alzaban una pequeña banderita de papel con las siglas del partido. No había nadie triste. No había nadie que no estuviera esperando, impaciente, el discurso del nuevo presidente.
“Somos afortunados de presenciar este momento histórico de cambio. Somos afortunados de ver como se construye un país mejor.”, decía el maestro de honor. Ninguno de nosotros creía que el cambio iba a suceder como lo anunciaban, la guerra de las ideologías se acabó hace dos décadas y, aunque no estábamos precisamente bien, no me hubiera gustado vivir en una época donde se le daba más importancia a las ideas que a las personas: no es que esté mal creer en una ideología, pero de eso a llegar a amar una idea más que a una persona, tanto como para matar, eso ninguno de los tres lo compartíamos. No puedo decir lo mismo de la otra gente, la mayoría creía que ese día dejarían de ser pobres y celebraban como si fuera el rapto de la iglesia o si Elvis Presley hubiera reencarnado en un salvadoreño. Cantaban todas las canciones y aplaudían al azar, haciendo la ola una y otra vez. Por supuesto, pocos se percataban que todo el dinero usado para ese evento, pronto sería cobrado en los recibos del agua o de la luz. Pese a toda crítica, yo estaba feliz también. Una cosa es que no te vayan a solucionar los problemas y otra, muy diferente, es que sigás comiendo mierda mientras unos cuántos salen a comer sushi con mujeres que nunca vas a poder tener. Era un cambio a fin de cuentas, y más para mi generación: desde que nacimos solo habíamos visto un gobierno y, justo ahora que empezamos a entender la política, nos dan la oportunidad de ser testigos de sucesos históricos.
A todo esto, ya habían pasado tres horas. Tomamos fotos, platicamos, reímos, gritamos e incluso bailamos. Más que por el evento, yo me sentía cómodo de estar con quienes habían llegado; todos estaban de buen humor y no se me hizo difícil hallar qué hacer las primeras dos horas. Ya para la tercera, el sol se había rendido al igual que la marabunta de las graderías. Estaba hablando con la Rina cuando sentí las primeras gotas de la lluvia, toda la gente volvía a ver para arriba como si nunca hubieran presenciado tal fenómeno y empezaban a quejarse. “Diosito está feliz y nos manda las bendiciones en forma de lluvia.”, dijo uno de los tantos que tomó el micrófono durante esas tres horas. Nosotros nos quedamos quietos, hasta agradecíamos por el apagón de calor.
“Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia, comandante Ché Guevara”, se escuchaba. “No me jodan, ya esta es la séptima vez que tocan esa mierda. Cada grupo que viene va tocar esa. Si Funes lo llega a repetir, yo mismo me encargo del golpe de estado por bayunco.”, pensaba yo, mientras me acababa la botella de agua de José. Las consecuencias fueron inmediatas, la vejiga me iba a reventar, pero las letrinas parecían sacadas del sueño más grotesco de George A. Romero y no quería ir. La Rina y la Rosa no fueron tan cobardes, media hora después, me dijeron que iban a ir, las acompañé. El olor... no puedo siquiera intentar describir el olor, la gente que cuidaba las letrinas debía haber perdido el olfato y la gente que vendía comida a tres metros de las letrinas debía haber pedido la moral. Regresamos a esperar.
Eran las siete. No nos íbamos porque ya habíamos esperado demasiado tiempo y retirarnos después de cuatro horas iba en contra de nuestros principios, además, Luis, un amigo me vendría a dejar a la casa. Después de trece grupos folklóricos, intervención tras intervención de los maestros de honor, una llovizna, sol calcinante, gritos, insultos, “olas” cada vez más pequeñas y desabridas, deserciones, fotos y fotos del ángulo que se nos ocurriera, pláticas, náuseas y la llegada de unos cuantos presidentes internacionales; llegó, por fin, Mauricio Funes.
Ninguno de nosotros se alegró de verlo, lo habíamos visto de cerca en otras situaciones y algunos hasta teníamos fotos con él; pero la euforia era incontenible: por fin nos podríamos retirar. Habló cada invitado, se le aplaudió a cada uno. Con cada personaje, los parches del “vietnam” se acrecentaban hasta que quedó el cincuenta por ciento del estadio vacío. No sé qué hora era, había perdido la noción del tiempo, pero tomó el micrófono y empezó a hablar. Dio gracias a los simpatizantes, dio gracias a los dirigentes, prometió que el cambio había llegado; después repitió algunos puntos de su discurso inicial y dijo, con voz solemnte y amable, que su día había sido largo, que la espera (para unos, desde las diez de la mañana) debió ser exahustiva y que, por eso mismo, sería breve, volvió a dar las gracias y se despidió.