Escuché el disparo mientras giraba la perilla de la puerta principal. El grito de mi esposa y los ladridos del perro. Unos pasos se aceleraron hacia la ventana, al escuchar el chirrido insoportable de las bisagras interrumpiendo el silencio de la casa; subí las escaleras, de dos en dos, y vi cómo un hombre esbelto huía con la ayuda de la noche sin luna. No llegué a tiempo, nunca llego a tiempo. Negro, el perro, lamía el halo de sangre que brotaba de la cabeza de Adriana. El disparo había sido certero, limpio, preciso.
No pasaron dos minutos, cuando escuché el aullido de las sirenas en las patrullas que se acercaban a mi casa; recordé de inmediato que traía conmigo una Smith & Wesson .38; recordé por qué había llegado temprano a la casa: me iba a deshacer de Adriana, pero alguien ocupó antes mi lugar. El trabajo estaba hecho, pero yo no estaba cómodo. Corrí al baño, levanté una loza del cielo falso y, después de limpiar el arma, la escondí junto al dinero que tenía ahorrado. Adriana y yo no nos hablábamos desde hacía una semana, su muerte me importaba menos que nada; pero no podía mostrar mi frialdad ante los oficiales; además, el asesinato, pese a que me ayudaba, no me satisfacía en nada. Tenía que resolver esto yo solo y para eso, debía fingir que mi situación era normal; así la policía dejaría de buscar, como siempre lo hace, y mi caso caería en el olvido de los cientos de archivos guardados en la jefatura. Esta es una ciudad llena de perros que lamen sangre fresca, encargarme del asesino sería fácil, sabía dónde buscar la información, sabía que podía asesinarlo sin problemas, pero debía solucionar algunos inconvenientes primero, debía hablar con Lucía.
Me apuré a cargar el cadáver, me empapé todo lo que pude de sangre y llamé a Negro para que se acercara, la escena tenía que ser lo más dramática posible. Llegó el oficial encargado, me miró y dijo “Mierda”, alejó al perro y agregó “¿Usted llamó al 911?”. Después todo fue muy rápido, me dijo que iban a investigar el caso, me dio unas palabras de consuelo y me aclaró que fue mi esposa la que llamó pidiendo ayuda a gritos. Me preguntó si tenía dinero para ir a un hotel y me pidió que descansara, que ellos se harían cargo de todo. Sabía que no era cierto, que después de unas cuantas horas pensando en la violencia que ha venido en crecimiento, que después de unas cuantas llamadas, llegaría a su casa y comería un par de plátanos y frijoles antes de cogerse a su esposa y dormir. La policía no funciona en esta ciudad de animales, se deshumaniza pronto. Eso era bueno.
Pagué por adelantado la noche en el pequeño motel que quedaba camino a mi casa, le decían “La Carretera” aunque no tuviera ningún rótulo que lo confirmara. Traía conmigo a Negro; fue difícil meterlo a la habitación sin que el encargado se diera cuenta, pero me las arreglé envolviéndolo con mi chumpa amarilla mientras él buscaba las llaves del cuarto. Cuando llegué al pequeño cuarto, rebosante de un hedor fresco a sexo, tomé el teléfono y me apresuré a marcar el número de Lucía. Me contestó ansiosa y me preguntó si lo había hecho, casi logré escuchar los insultos ahogados que estaba a punto de arrojar cuando le contesté que no, me apuré a explicarle todo, le pedí un poco de tiempo, le dije que no podía huí ahora que el oficial de policía me había visto junto al cadáver de mi mujer. No era cierto que me preocupara el asesinato, solo necesitaba tiempo para encontrar al asesino y terminar con el rastro de Adriana, necesitaba que desapareciera de una vez por todas. Dejé a Negro dormido en la habitación y salí esa misma madrugada de regreso a la casa. Cuando llegué revisé todos los documentos de Adriana, la caja donde guardaba sus joyas, el armario que me tenía prohibido revisar y las compuertas de la pequeña juguetera que teníamos en la sala. Había demasiadas cosas desconocidas para mí, tarjetas de crédito de bancos que ni siquiera sabía que existían, juguetes sexuales, joyas desconocidas, cuentas mal hechas en una servilleta y los documentos de un hombre: el asesino, mi víctima.
Adriana nunca fue buena ocultándome cosas, desde el día que nos conocimos supe que su cabello no era negro y que la risa que soltaba con mis chistes era en realidad una risa genuina, que no se hubiera atrevido a compartir con cualquier sujeto que la invitara a una cerveza; aún así, jamás imaginé que saliera con otro hombre, pensé que, pese a que no dormíamos en la misma cama, era cuestión de tiempo para que se percatara de que yo era el verdadero amor de su vida. Desafortunadamente ella no era el mío y, antes de que me pidiera perdón, decidí acabar con ella e irme con Lucía. Fui un estúpido, no solo yo me fugaba de la casa a pasar las noches en moteles y oficinas vacías, no solo yo estaba al lado de un desconocido compartiendo las cuentas de la luz, el agua y el teléfono. Revisé la dirección en los documentos que encontré, las memoricé, subí al baño, destapé la loza del techo y saqué mi dinero y mi revólver. Me despedí por última vez de mis cosas, de mi vida pasada, de mi mentira.
Regresé al cuarto del motel. Mientras giraba la perilla, Negro empezó a ladrar. No era la primera vez que Negro ladraba así, ese sonido lo había escuchado antes, justo cuando empezó todo esto y ahora marcaba cuando iba a terminar. Regresé al despacho, el encargado me preguntó si tenía algún perro en mi habitación, abrí el maletín y le dije que mientras se mantuviera quieto y me dejara de joder podía quedarse un manojo de los billetes que andaba, también le pedí que me cuidara el resto del maletín y le mostré el revólver, creo que fui claro. Subí la escaleras, de dos en dos, y llegué a la puerta de nuevo. Toque una vez; escuché unos pasos que venían desde la cama hacia a mí; oí la mano acercarse a la cerradura y disparé. Vacié la pistola. Los quejidos del amante de mi esposa y los aullidos del perro. Abrí la puerta y Negro salió a saludarme. No me molesté en revisar el cuerpo, estaba seguro de lo que había hecho, recogí el maletín cumpliendo mi parte de la promesa con el recepcionista, dejé mi pistola sobre una pequeña mesa a la par de una lámpara y salí de “La Carretera”.
Aún necesitaba un poco de tiempo para saber que haría después: tenía suficiente dinero para dejarlo todo y un perro que me acompañaría a donde fuera; incluso podía huir de Lucía y empezar de cero, sin alguien que me recordara que tuve una esposa; podía escapar de mi pasado y de esta ciudad de animales donde podía matar a alguien sin sentirme mal. Caminé media hora por algunas aceras de la ciudad, los grises de los edificios parecían cubrir todo el paisaje, recordé a Negro lamiendo la sangre de mi esposa e imaginé las moscas que ahora debían estar comiendo su pestañas en la morgue de una jefatura en ruinas; me senté en la banca de un parque y descansé, lejos de todos los animales de la ciudad, cerca de Negro y lejos de sus ladridos.
No pasaron dos minutos, cuando escuché el aullido de las sirenas en las patrullas que se acercaban a mi casa; recordé de inmediato que traía conmigo una Smith & Wesson .38; recordé por qué había llegado temprano a la casa: me iba a deshacer de Adriana, pero alguien ocupó antes mi lugar. El trabajo estaba hecho, pero yo no estaba cómodo. Corrí al baño, levanté una loza del cielo falso y, después de limpiar el arma, la escondí junto al dinero que tenía ahorrado. Adriana y yo no nos hablábamos desde hacía una semana, su muerte me importaba menos que nada; pero no podía mostrar mi frialdad ante los oficiales; además, el asesinato, pese a que me ayudaba, no me satisfacía en nada. Tenía que resolver esto yo solo y para eso, debía fingir que mi situación era normal; así la policía dejaría de buscar, como siempre lo hace, y mi caso caería en el olvido de los cientos de archivos guardados en la jefatura. Esta es una ciudad llena de perros que lamen sangre fresca, encargarme del asesino sería fácil, sabía dónde buscar la información, sabía que podía asesinarlo sin problemas, pero debía solucionar algunos inconvenientes primero, debía hablar con Lucía.
Me apuré a cargar el cadáver, me empapé todo lo que pude de sangre y llamé a Negro para que se acercara, la escena tenía que ser lo más dramática posible. Llegó el oficial encargado, me miró y dijo “Mierda”, alejó al perro y agregó “¿Usted llamó al 911?”. Después todo fue muy rápido, me dijo que iban a investigar el caso, me dio unas palabras de consuelo y me aclaró que fue mi esposa la que llamó pidiendo ayuda a gritos. Me preguntó si tenía dinero para ir a un hotel y me pidió que descansara, que ellos se harían cargo de todo. Sabía que no era cierto, que después de unas cuantas horas pensando en la violencia que ha venido en crecimiento, que después de unas cuantas llamadas, llegaría a su casa y comería un par de plátanos y frijoles antes de cogerse a su esposa y dormir. La policía no funciona en esta ciudad de animales, se deshumaniza pronto. Eso era bueno.
Pagué por adelantado la noche en el pequeño motel que quedaba camino a mi casa, le decían “La Carretera” aunque no tuviera ningún rótulo que lo confirmara. Traía conmigo a Negro; fue difícil meterlo a la habitación sin que el encargado se diera cuenta, pero me las arreglé envolviéndolo con mi chumpa amarilla mientras él buscaba las llaves del cuarto. Cuando llegué al pequeño cuarto, rebosante de un hedor fresco a sexo, tomé el teléfono y me apresuré a marcar el número de Lucía. Me contestó ansiosa y me preguntó si lo había hecho, casi logré escuchar los insultos ahogados que estaba a punto de arrojar cuando le contesté que no, me apuré a explicarle todo, le pedí un poco de tiempo, le dije que no podía huí ahora que el oficial de policía me había visto junto al cadáver de mi mujer. No era cierto que me preocupara el asesinato, solo necesitaba tiempo para encontrar al asesino y terminar con el rastro de Adriana, necesitaba que desapareciera de una vez por todas. Dejé a Negro dormido en la habitación y salí esa misma madrugada de regreso a la casa. Cuando llegué revisé todos los documentos de Adriana, la caja donde guardaba sus joyas, el armario que me tenía prohibido revisar y las compuertas de la pequeña juguetera que teníamos en la sala. Había demasiadas cosas desconocidas para mí, tarjetas de crédito de bancos que ni siquiera sabía que existían, juguetes sexuales, joyas desconocidas, cuentas mal hechas en una servilleta y los documentos de un hombre: el asesino, mi víctima.
Adriana nunca fue buena ocultándome cosas, desde el día que nos conocimos supe que su cabello no era negro y que la risa que soltaba con mis chistes era en realidad una risa genuina, que no se hubiera atrevido a compartir con cualquier sujeto que la invitara a una cerveza; aún así, jamás imaginé que saliera con otro hombre, pensé que, pese a que no dormíamos en la misma cama, era cuestión de tiempo para que se percatara de que yo era el verdadero amor de su vida. Desafortunadamente ella no era el mío y, antes de que me pidiera perdón, decidí acabar con ella e irme con Lucía. Fui un estúpido, no solo yo me fugaba de la casa a pasar las noches en moteles y oficinas vacías, no solo yo estaba al lado de un desconocido compartiendo las cuentas de la luz, el agua y el teléfono. Revisé la dirección en los documentos que encontré, las memoricé, subí al baño, destapé la loza del techo y saqué mi dinero y mi revólver. Me despedí por última vez de mis cosas, de mi vida pasada, de mi mentira.
Regresé al cuarto del motel. Mientras giraba la perilla, Negro empezó a ladrar. No era la primera vez que Negro ladraba así, ese sonido lo había escuchado antes, justo cuando empezó todo esto y ahora marcaba cuando iba a terminar. Regresé al despacho, el encargado me preguntó si tenía algún perro en mi habitación, abrí el maletín y le dije que mientras se mantuviera quieto y me dejara de joder podía quedarse un manojo de los billetes que andaba, también le pedí que me cuidara el resto del maletín y le mostré el revólver, creo que fui claro. Subí la escaleras, de dos en dos, y llegué a la puerta de nuevo. Toque una vez; escuché unos pasos que venían desde la cama hacia a mí; oí la mano acercarse a la cerradura y disparé. Vacié la pistola. Los quejidos del amante de mi esposa y los aullidos del perro. Abrí la puerta y Negro salió a saludarme. No me molesté en revisar el cuerpo, estaba seguro de lo que había hecho, recogí el maletín cumpliendo mi parte de la promesa con el recepcionista, dejé mi pistola sobre una pequeña mesa a la par de una lámpara y salí de “La Carretera”.
Aún necesitaba un poco de tiempo para saber que haría después: tenía suficiente dinero para dejarlo todo y un perro que me acompañaría a donde fuera; incluso podía huir de Lucía y empezar de cero, sin alguien que me recordara que tuve una esposa; podía escapar de mi pasado y de esta ciudad de animales donde podía matar a alguien sin sentirme mal. Caminé media hora por algunas aceras de la ciudad, los grises de los edificios parecían cubrir todo el paisaje, recordé a Negro lamiendo la sangre de mi esposa e imaginé las moscas que ahora debían estar comiendo su pestañas en la morgue de una jefatura en ruinas; me senté en la banca de un parque y descansé, lejos de todos los animales de la ciudad, cerca de Negro y lejos de sus ladridos.
























