20090703

Cosas que me gustan

  • El aire acondicionado
  • Los juegos de video
  • La comisura de los labios
  • La palabra "onomatopeya"
  • Justificar la alineación de un texto
  • Escribir
  • Natalie Portman
  • Escuchar música a todo volumen
  • Ir al museo solo
  • Las películas gore serie B
  • El sonido que hace una lata de gaseosa al destaparse
  • Las páginas de papel en blanco
  • Cantar
  • Tener un proyecto que realizar
  • Salir bien en las notas
  • Comerme las uñas
  • Acostarme en el suelo
  • Los McFlurrys
  • El segundo almuerzo
  • Correr
  • Los infinitivos
  • Las películas de Pixar
  • Las cuatro de la tarde
  • Las novelas de Milan Kundera
  • Los cuentos sencillos
  • Criticar a los "culturetas" en mis adentros
  • Los días nublados en que no llueve
  • Aprenderme las letras de las canciones
  • Los poemas sencillos
  • Google
  • La informática
  • Aprender cosas innecesarias
  • Beber con mis amigos sin embriagarnos
  • No dormir 24 horas
  • El número 27
  • El tetris
  • Los libros y el sentido del humor de Douglas Adams
  • Manejar
  • Leer
  • Ir al cine
  • Las películas cursis
  • Batman
  • Pasar un día entero sin hacer absolutamente nada
  • Dejar las cosas para última hora
  • Enseñarle cosas a mi hermana
  • Las personas que entienden mis chistes
  • Las pestañas
  • Las personas calladas
  • El arroz
  • Las mujeres delgadas
  • El ajedrez
  • Radiohead
  • Las cosas con muchos colores
  • Las mujeres con anteojos
  • Vestirme formalmente
  • Mi pelo
  • Estar muerto del cansancio
  • Topar
  • Los chistes frikis
  • Bailar
  • Las fotos
  • Los haikus
  • Bañarme
  • Hacer limpieza
  • Ganar
  • Hablar con mi papá
  • Dormir los sábados
  • Salir en la noche de los sábados
  • Dormir desnudo
  • Las mujeres sencillas
  • Escribir obras de teatro
  • Los Simpsons
  • El anime
  • El universo de J.R.R. Tolkien
  • Hablar
  • Salir bien en las fotos
  • Reír
  • Gritar en un concierto
  • Las cosas sencillas que a la mayoría le gustan y no rebuscarme en parecer el estereotipo "cultureta" al que le gustan los cerillos apagados, las sopas frías o el musgo de las paredes viejas, por favor...

20090625

Jasmine at War


Click, click, click en la imagen.

20090615

Igual voy a ir

Dijo Supertramp, parafraseando al dios Tolstoi: "Llamar a cada cosa por su nombre". Detesto que llamen "música indie" al música-alternativo-estilo-de-the-strokes. Deberían llamarlo "rock alternativo, el indie no es un género, es una tendencia alejada de la industria. Si nos vamos a llamarle indie (del inglés "independent") a todo lo que suene británico (porque todas las bandas parecen inglesas, aceptémoslo) diríamos que Coldplay es indie, y de independiente solo tienen las campanillas que suenan en "Viva la vida", pero están con una firma transnacional.

En fin, solo quería mencionarlo. El caso es que se acerca esto:


Y me gusta la música "indie", que le mientan. Si no me gasto todo el dinero en "UP"(Píxar), voy a invitar a una chera seca, de lo contrario iré solo, me veré patético, pero qué importa, soy patético.

(Sí, estoy pensando en ir a un concierto solo, porque nadie me ha dicho que quiere ir. Moriré virgen)

PD: Esta semana postearé algo bueno, no me desapareceré como hace unos meses.

20090606

Autoayuda

Metámonos

Yo creo que voy a morir aquí. La mara es virga o viviana: llamarle concierto a esta mierda, este es un "toque", ni más ni menos. Desde que llegué, no he dejado de respirar humo de cigarro (digo cigarro a secas, porque no todo es tabaco); la mara se ve agresiva, pero han de ser solo trompa; el lugar está vergón, al menos la cerveza está barata y también hay soda para aquella que no toma; el sonido está obviamente a más de los decibelios que se pueden soportar, pero los grupos no están mal, bueno, están como me los esperaba: solo gritan y gritan y, de vez en cuando, dicen que van a destruir el sistema; ya empezaron con el "mosh", yo ya dije que no me voy de aquí sin zamparme a esa babosada.

Va, ya pasaron tres grupos, el segundo fue el mejor, por lo menos estaba "bailable", no como el que acaba de pasar que solo ruido era. Ahorita tiene que salir, ya estoy cansado y ni siquiera ha empezado. Qué me duele el pie, y este Atilio cerote ya me lo patió. Tengo que cuidar a la Gab, no vaya a ser que solo salga en pedacitos, aunque esta mara muy heavy muy heavy, pero respetan a las cheras, no las andan golpeando ni por joder ni las tocan, qué me arden los ojos. Bueno, vale verga, a saber a qué hora van a empezar a tocar esos culeros.

Solo voy a empujar a Aitilio y me zampo. La canción es la más vergona, una por las que venía, el "mosh" está con todo, es ahora o nunca: la mara baila como que es pollo, como que tuvieran paludismo y están intentando hacer que llueva, los pies se levantan, uno a uno, de forma pendular, las manos solo tiran golpes al azar, no se fijan a quién le están soltando el vergazo, están con los ojos cerrados, dan vueltas, dan vueltas, dan más vueltas. Cuando entro, veo como dieciseismil "punks" bailando, estoy mareado, eso debe multiplicarlos, yo solo trato de imitarlos; veo como se pierde la Gabriela entre todos esos torsos desnudos y sudorosos, después de la primera canción ya no aguanto seguir levantando las piernas; solo corro, yo digo que corro, pero más bien me lanzan de un extremo a otro; quién es ese mastodonte, me vale verga, yo lo voy a empujar con todo; juelagranputa, me hizo rebotar; mejor con ese rubiecito; ja, yo sabía que solo era plante; un maje está en el suelo, la raza lo recoge; qué buena está esa chera, aunque a saber si la vi bien; sigo dando vueltas, ha puesto luces como que es disco el lugar, no dista mucho de serlo; yo creo que nunca voy a volver a ver a la Gabriela, ni a Atilio; ah, no, ahí está Atilio; lo agarró el mastodonte con todo; quién me está empujando, puta, son todos; dónde putas estoy...

Hace frío. Los tres estamos deshidratados. Parece que estuvimos en el desierto por días y solo fueron tres horas en una disoteca de la Zona Rosa. Atilio tiene dinero. Nos invitará al Subway.

Au revoir

Si te vas
no quiero que te llevés de mí nada,
porque yo también lo necesito.
No quiero que volvás para volver a empezar
quiero construir algo nuevo
certero
diferente e inquebrantable con vos,
cuando volvás.

Si te vas
no digás nada.
Decí todo lo que el mundo necesita oír,
gritalo,
cantalo,
dibujalo,
rodalo,
pero cuando regresés.

Correr

Cuando se corre no se huye.
Se siente el viento
sobre la cara
y la cara
contra el mundo.

Las manos estorban,
pesan
desequilibran.
El pecho quiere salir
el pecho quiere escapar del cuerpo,
no volver nunca.
Y uno, por supuesto, quiere simplemente escapar.
Uno quiere perder los brazos, el corazón, los pulmones, la cabeza.
Ser solo piernas
o viento
o luz
o tiempo.

Cuando se corre solo existe uno y el camino.
Y no se huye.
Al menos, no como un cobarde.

La espera

Cuando llegué, parecía que acababan de matar a Franco o que se había caído el muro de Berlín, por lo menos. Dicen que la gente estaba encendidísima desde como las diez de la mañana y, alrededor del estadio (el “Cusca”, por supuesto), los vendedores no habían parado de gritar preguntando si alguien quería carnitas, tortas, elotes locos al dos por uno, camisitas del Ché, binchas de Funes, pañoletas de Shchafik, encendedores del partido o cualquier objeto de dudosa manufactura ingeniada por aquellos comerciantes. Yo debía pasar a la casa de la Rina, ahí estaba José con seis entradas para la zona de la grama desde hace una hora y, como nos habían dicho que llegáramos temprano, estaban algo impacientes por mi habitual retraso; por suerte, la casa estaba a una cuadra del estadio y José pudo parquear el carro de su mamá en la cochera, de lo contrario, no hubiera quedado ni la palanca de cambios entre todo el cardumen de gente.

Salimos de la casa como a eso de las tres de la tarde. Parecía que el sol no se iba a ir nunca de esa parte de la ciudad, todos los gritos de los vendedores se interrumpían entre sí y no se entendía quién vendía qué, o si te estaban vendiendo algo y no puteando. “Es en la entrada de platea, me dijeron”, logré escuchar que decía José, pero ni la Rina, ni él, ni yo sabíamos dónde quedaba. Nos metimos al parqueo a preguntar, un oficial nos respondió que íbamos por buen camino y nos indicó que teníamos que meternos a la vorágine que estaba a cien metros de nosotros para poder acceder a la cancha. No fue tan díficil como se veía: tras algunas gradas, dos codazos, gritos y gritos de personas y unos cuántos estornudos en el cuello, estábamos adentro.

La última vez que había estado en un estadio fue para un concierto, una amiga me invitó a ver a Alejandro Sanz y no pude decirle que no. Claro, esta vez era diferente porque estábamos en la cancha, hacia arriba se lograba observar una masa aleatoria de color rojo, abajo se podían distinguir más colores, aunque, de forma invariable, todos alzaban una pequeña banderita de papel con las siglas del partido. No había nadie triste. No había nadie que no estuviera esperando, impaciente, el discurso del nuevo presidente.
“Somos afortunados de presenciar este momento histórico de cambio. Somos afortunados de ver como se construye un país mejor.”, decía el maestro de honor. Ninguno de nosotros creía que el cambio iba a suceder como lo anunciaban, la guerra de las ideologías se acabó hace dos décadas y, aunque no estábamos precisamente bien, no me hubiera gustado vivir en una época donde se le daba más importancia a las ideas que a las personas: no es que esté mal creer en una ideología, pero de eso a llegar a amar una idea más que a una persona, tanto como para matar, eso ninguno de los tres lo compartíamos. No puedo decir lo mismo de la otra gente, la mayoría creía que ese día dejarían de ser pobres y celebraban como si fuera el rapto de la iglesia o si Elvis Presley hubiera reencarnado en un salvadoreño. Cantaban todas las canciones y aplaudían al azar, haciendo la ola una y otra vez. Por supuesto, pocos se percataban que todo el dinero usado para ese evento, pronto sería cobrado en los recibos del agua o de la luz. Pese a toda crítica, yo estaba feliz también. Una cosa es que no te vayan a solucionar los problemas y otra, muy diferente, es que sigás comiendo mierda mientras unos cuántos salen a comer sushi con mujeres que nunca vas a poder tener. Era un cambio a fin de cuentas, y más para mi generación: desde que nacimos solo habíamos visto un gobierno y, justo ahora que empezamos a entender la política, nos dan la oportunidad de ser testigos de sucesos históricos.

A todo esto, ya habían pasado tres horas. Tomamos fotos, platicamos, reímos, gritamos e incluso bailamos. Más que por el evento, yo me sentía cómodo de estar con quienes habían llegado; todos estaban de buen humor y no se me hizo difícil hallar qué hacer las primeras dos horas. Ya para la tercera, el sol se había rendido al igual que la marabunta de las graderías. Estaba hablando con la Rina cuando sentí las primeras gotas de la lluvia, toda la gente volvía a ver para arriba como si nunca hubieran presenciado tal fenómeno y empezaban a quejarse. “Diosito está feliz y nos manda las bendiciones en forma de lluvia.”, dijo uno de los tantos que tomó el micrófono durante esas tres horas. Nosotros nos quedamos quietos, hasta agradecíamos por el apagón de calor.

“Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia, comandante Ché Guevara”, se escuchaba. “No me jodan, ya esta es la séptima vez que tocan esa mierda. Cada grupo que viene va tocar esa. Si Funes lo llega a repetir, yo mismo me encargo del golpe de estado por bayunco.”, pensaba yo, mientras me acababa la botella de agua de José. Las consecuencias fueron inmediatas, la vejiga me iba a reventar, pero las letrinas parecían sacadas del sueño más grotesco de George A. Romero y no quería ir. La Rina y la Rosa no fueron tan cobardes, media hora después, me dijeron que iban a ir, las acompañé. El olor... no puedo siquiera intentar describir el olor, la gente que cuidaba las letrinas debía haber perdido el olfato y la gente que vendía comida a tres metros de las letrinas debía haber pedido la moral. Regresamos a esperar.

Eran las siete. No nos íbamos porque ya habíamos esperado demasiado tiempo y retirarnos después de cuatro horas iba en contra de nuestros principios, además, Luis, un amigo me vendría a dejar a la casa. Después de trece grupos folklóricos, intervención tras intervención de los maestros de honor, una llovizna, sol calcinante, gritos, insultos, “olas” cada vez más pequeñas y desabridas, deserciones, fotos y fotos del ángulo que se nos ocurriera, pláticas, náuseas y la llegada de unos cuantos presidentes internacionales; llegó, por fin, Mauricio Funes.

Ninguno de nosotros se alegró de verlo, lo habíamos visto de cerca en otras situaciones y algunos hasta teníamos fotos con él; pero la euforia era incontenible: por fin nos podríamos retirar. Habló cada invitado, se le aplaudió a cada uno. Con cada personaje, los parches del “vietnam” se acrecentaban hasta que quedó el cincuenta por ciento del estadio vacío. No sé qué hora era, había perdido la noción del tiempo, pero tomó el micrófono y empezó a hablar. Dio gracias a los simpatizantes, dio gracias a los dirigentes, prometió que el cambio había llegado; después repitió algunos puntos de su discurso inicial y dijo, con voz solemnte y amable, que su día había sido largo, que la espera (para unos, desde las diez de la mañana) debió ser exahustiva y que, por eso mismo, sería breve, volvió a dar las gracias y se despidió.

#1

Y si alguna vez
le robé algo a la lluvia
fue el silencio.

Memorias

Quien haya dicho que recordar es vivir, mintió
Mintió, porque recordar es morir a pasos agigantados

sufrir de nuevo los momentos
amar algo que ya no está.


El recuerdo tiene un sabor avinagrado.

El futuro no existe cuando se recuerda
y el presente es una mera excusa
para
pensar en el pasado.

Al recordar se pierde.
Se pierde la esperanza
se pierden las ganas
se pierden las angustias y,
sobre todo,

se pierde la verdad.


Los recuerdos son fantasías

exageraciones
puestas en escena.

Si uno recuerda, pronto estará del lado del ayer
y el ayer es engañoso

es peligroso y duradero,
el ayer es todo, menos el presente,
este que se vive,
este que se siente

que se llora
que se olvida

que no dura ni perdona.

Presente, este mío
, que sirve para recordar.