20081012

El Hospital (Jesús de Miguel Ángel)

Al principio no entendés qué sucede: una camilla oxidada, un catéter torcido, un dolor en el cuello, el cielo falso destrozado, las paredes enmohecidas, el piso húmedo, un extraño olor a penicilina, y una puerta ocre adornando la entrada de la habitación. Todo te duele. Cada maniobra que intentás hacer, provoca un chasquido estruendoso. Movés, con dificultad, el cuello y empezás a revisar todo con calma. Pensás en el día anterior y comenzás a intuir que ha pasado más tiempo desde el accidente. Los recuerdos se te van, no sabés qué pasó con la otra mara. Por lo menos, estás seguro que a la Lucía no le pasó nada, vos te encargaste de ir a dejarla antes que a nadie; estabas encabronado, solo porque te dijo que andabas muy a verga. No podés negar que tenía razón…

Intentás adivinar a cuál hospital has venido a parar. En la pared hay unos cuadros de anatomía, en la esquina tienen grabado el logo de la institución, pero vos no ves nada desde allí; o al menos no ves nada claro. Lo único que distinguís a la perfección es un crucifijo de cerámica. Es grandísimo y está justo en la pared frontal.

La cruz que sostiene el cuerpo es de una simétrica; el letrero, situado en la parte superior, contiene una caligrafía hermosa. Abajo de la inscripción, la cabeza de la víctima se sostiene inclinada, con los ojos y la boca apuntando contra el suelo. Su cabello es lacio y cubre con delicadeza sus hombros. El vello de la cara, recortado con precisión, forma un candado sobre el rostro. Sus brazos extendidos son largos; sus manos se adhieren, sin resistencia, a la cruz, a través de unos clavos. Al centro, el abdomen no sufre de ninguna herida visible; sus pequeños pezones están colocados en perfecto equilibrio con su redondísimo ombligo. Sus piernas se aprietan contra los diminutos genitales, con notoria feminidad. La piel bronceada, y de cerámica, destella puntos por todo su cuerpo.

Mientras te fijás en cada detalle del andrógino ser crucificado, se abre lentamente la puerta ocre. Un anciano se queda mirando hacia tu lugar, y después de unos segundos de reflexión, se retira dejándote solo, otra vez. No tuviste tiempo de preguntarle nada, estabas viendo al Jesucristo. Cerrás los ojos y te preguntás por la mara, de nuevo. El tráfico se escucha desde la habitación como un murmullo lejano; las lámparas, ennegrecidas, se empiezan a encender, una a una, sobre vos; sentís como la luz ha invadido la habitación, a pesar de tener los ojos cerrados y mientras suenan las gotas que caen desde el catéter, volvés a quedarte dormido.

3 Kwetta:

Anónimo dijo...

por ley, odio todo lo que tenga relación alguna con hospitales, peor si tienen la descripción que le das...

pero me encanta, solo espero no tenga conecciones con ninguna realidad de tu vida... no te lo deseo
me fascina =)

Elena dijo...

Solo una cosa, querido, empezar un relato con "Al principio" es redundante y hasta feo, no creés?
Ese inicio me invitó a no seguir leyendo. Puede ser un error mío, claro, pero las narraciones de este tipo son propias de tu generación y bastantes repetitivas, por cierto.

Solo pensalo y no te enojés.

No quiero usar palabras de crítica ni nada, solo de lectora.

Salú.

Me podéis llamar Ismael dijo...

"Un carro larguísimo y negro, como los de los entierros, se para frente a mi puesto de horchata" eso es casi como " En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme"

Qué tal la obvia semejanza entre: " tengo las uñas amarillas y largas" con "me podéis llamar Ismael"

No obstante mi favorita personal siempre será el indudable sinonismo entre: "Amaneció" y " ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!

Interesante, ¿vea?

No quiero usar palabras de elogio, ese talento enorme que tienes siempre lo dirá mejor que yo, un simple lector.

Au revoir.